Hola, me llamo Carmelo, tengo 36 años y practico el nudismo desde los 19. Tengo que reconocer que en aquella época estaba muy salido, al igual que mis compañeros de cuadrilla. La mala educación, que nos enseña que la desnudez está directamente relacionada con el sexo, hace que en un chaval de esa edad, todavía sin "estrenar", el deseo de ver a las chicas desnudas se acumule como en una olla a presión.
Así fue como un verano partimos a la aventura, a descubrir esa playa nudista de cuya existencia habíamos oído rumores, para recrearnos en la contemplación de la Naturaleza. Y así fue que, como auténticos payasos, nos ocultamos tras los matorrales a disfrutar vestidos, bajo el tórrido sol, y con la sangre hirviendo, de tan agradable imagen.
Yo siempre había pensado que la desnudez era algo natural, pero la educación nos marca, queramos o no, y si no pones medios para combatir sus errores, acabas haciendo cosas estúpidas.
El fin de semana siguiente partió nuevamente la expedición y llegamos a una cala nudista, que superaba con creces a la anterior en cuanto al número de bañistas. Pero yo estaba decidido a dar un paso más e invadir el "territorio enemigo". Lo hablé con mis compañeros, que estaban muy indecisos. En medio del debate dije: "Ahí os quedáis", y ahí se quedaron. Bajé muy cortado, tratando de ocultar la vergüenza, y evitando mirar demasiado para que no se me abultara demasiado el bañador. Me senté en la arena y escondí mi cabeza entre las rodillas, mientras me decía a mí mismo que no pasaba absolutamente nada. Por fin me desnudé y me quedé un rato en esa misma postura.
Por primera vez en mi vida sentí la agradable sensación del aire fresco por todo mi cuerpo. Le eché valor y me fui al agua, hasta donde calculaba que me verían mis amigos. La sensación de libertad ya la conocéis. Ahí me puse a disfrutar y a saltar para llamarles la atención y animarles. Bajaron dos. Un rato más tarde bajó uno más. Los otros tres se marcharon, y ahí quedamos los cuatro principiantes nudistas.
Desde entonces comprendí que toda mi vida había estado encerrado en una cárcel de tela, y que estar desnudo o mirar a una chica desnuda no es una actividad sexual, sino lo más natural del mundo. Y desde entonces no he vuelto a ponerme el bañador, salvo en las ocasiones en que la sociedad textil no me deja más opción... ¡Y lo aborrezco!. En mi casa vivo desnudo, incluso salgo desnudo a tender la ropa, y a quien no le guste, que no mire. Algunas personas erran por este motivo mi orientación sexual. ¡Hasta ahí llega lo absurdo de nuestra educación!.
Además tengo que confesar que, si bien en la playa nudista estoy tranquilo porque todos vamos igual, cuando me toca estar en la textil me pongo enfermo de mirar a las chicas, por todo el morbo que nos han inculcado desde la televisión con ciertas prendas más o menos provocativas. ¡Me excita más un tanga que una chica desnuda!. ¡Qué lástima, adónde hemos llegado...!
Hola soy Luis, tengo 26 años y tengo que decirles que es una lástima no haber descubierto el nudismo antes.
Este verano me he propuesto quitarme los complejos, y lanzarme a una playa sin ropa, algo que había deseado desde hace tiempo, pero que como a casi todos, nuestra educación nos frena.
Una sensación única, el sol, el aire, el agua... En una pequeña cala de difícil acceso en la que había gente con y sin ropa, pero muy agradable, porque cada uno iba a lo suyo. No noté ninguna mirada extraña, se ve que en esa cala se hace nudismo desde hace bastante tiempo.
A partir de ahora creo que mis bañadores tienen los días contados, porque aunque vivo a dos minutos de una playa textil, creo que cogeré el coche y me iré a buscar esas calas nudistas que tanto me gustan.
Animo a todos aquellos que lean esta anécdota a quitarse los prejuicios y complejos, a todos los que se encuentran indecisos a dar el paso sin miedo, a todas las personas que creen que el nudismo es sexo a que lo olviden y borren de su memoria.
Hola, me llamo Juan, tengo 42 años y llevo practicando el nudismo desde hace 15 años. Tras muchos años leyendo las experiencias de otros me animo a contar la mía propia y he convencido a mi mujer para que cuente también su primera vez. Empezaré yo mismo.
Siempre me había atraído la posibilidad de ir a una playa a bañarme desnudo, y desde muy joven aprovechaba cualquier ocasión en que me quedaba solo en casa para quitarme la ropa y pasar el rato desnudo, pero nunca encontraba la ocasión ni la valentía para probarlo, hasta aquel día.
Estaba pasando el verano con otros tres amigos en Asturias, íbamos con el coche buscando playas un poco al azar hasta que vimos un cartel de la Playa de La Ballota y decidimos parar. Descendimos hasta la playa y pasamos un rato tirados en las toallas. Otro amigo y yo nos dimos un paseo hasta el extremo de la playa llegando a unas rocas que hacían de barrera natural, subimos a las rocas y nos llevamos una sorpresa al ver bastante gente desnuda.
Tras la sorpresa inicial, comenté a mi amigo que podíamos pasar al otro lado, lo que le pareció bien. Saltamos y sin decir nada ni pensárnoslo dos veces nos quitamos los bañadores al unísono. Instintivamente nos fuimos al agua corriendo. Aquello superaba con mucho mis mejores expectativas, qué agradable era estar en el agua desnudo, y lo más asombroso era que nadie alrededor parecía reparar en nosotros y además mis temores a una reacción inesperada, ya me entendéis, parecían totalmente infundados.
Volvimos donde estaban nuestros dos amigos y, no sin resistencia, les convencimos para que vinieran con nosotros a probar. Les costó más que a nosotros y al día siguiente, mientras Ángel, el que hizo el descubrimiento conmigo, y yo fuimos directamente a la zona nudista, ellos decidieron quedarse en la textil, cuestión de gustos.
Desde entonces, me animé a probar por sitios de Alicante, donde mi familia tiene un apartamento, muchas veces solo hasta que conocí a Mari, mi mujer, a la que enredé en este tema y que también os va a contar su primera experiencia.
Soy Mari, la mujer de Juan, y como bien dice fue él quien me enredó en este tema.
El primer año de salir juntos, aprovechando que la casa de mis suegros estaba vacía, fuimos a pasar una semana a la playa. Nunca me había comentado que era un nudista asiduo y tampoco lo hizo de primeras, me dijo que me iba a llevar a una playa preciosa y con poca gente, lo que en principio parecía muy atractivo.
Así hizo, y llegamos a la Playa de la Marina un lunes de mediados de Junio, por lo que prácticamente no había nadie. Fue entonces, al bajarnos del coche y coger las cosas para ir a la playa cuando me dijo que tenía que contarme algo, y me dijo que en esa playa había gente desnuda y que a él le gustaba estar desnudo también. De primeras reaccioné fatal, me sentía engañada y no se me pasaba por la cabeza quitarme ni siquiera la parte de arriba del bikini, y tampoco me gustaba la idea de que mi novio fuera paseándose por ahí en pelotas.
Finalmente me convenció para ir, dijo que no habría nadie, que si me sentía incómoda nos dábamos la vuelta, y que si no quería él tampoco se quitaría el bañador. Anduvimos bastante hasta llegar a un sitio donde no había nadie cerca, extendimos las toallas, lejos de la orilla y nos tumbamos, ya más relajada. El sitio realmente era de fábula, una playa inmensa prácticamente solo para nosotros.
Juan se pasó todo el rato comiéndome el coco, que si me tenía que liberar de mis prejuicios, que no era nada malo, que estábamos solos, que nadie nos iba a ver. Tanto me comió la cabeza que terminé diciéndole que se quedara en bolas si quería, pero que yo no lo iba a hacer.
Me resultaba muy extraño tenerle al lado desnudo, estábamos solos y apartados de la orilla, pero de vez en cuando pasaba alguien dando un paseo, casi siempre desnudo como él, y me sentía muy rara con mi novio en pelotas delante de otras personas como si nada, pero al pasar los minutos me iba haciendo a la idea.
Me tumbé boca abajo, me quité el top y estuve un buen rato así. Cuando me cansé, al ir a darme la vuelta, instintivamente cogí el top para volvérmelo a poner, pero me lo pensé dos veces, respiré hondo y lo dejé en la arena. Por primera vez en mi vida estaba con las tetas al aire en la playa. Me costó acostumbrarme, pero hice de tripas corazón, no quería parecer una mojigata, y pasé el resto del día sin el, incluso para bañarme. Al final llegue a acostumbrarme a que pasarán otras personas a mi lado y me vieran en topless.
Los siguientes días se repitió la situación, Tengo que agradecer a Juan que en ningún momento me presionara para desnudarme y que me dejara a mi ritmo. Finalmente, un día, decidí quitarme la braguita y tomar el sol sin ella, poniéndomela sólo para meterme en el agua, aunque una vez dentro me la quitaba de nuevo para gozar del mar sin ropa.
Hoy en día la situación no ha cambiado demasiado. Seguimos yendo a playas nudistas pero lo normal es que me limite a hacer topless o a quitarme la braguita sólo en zonas más o menos resguardadas de la vista del público. En casa no tenemos ningún reparo en estar desnudos unos delante de otros, ya que no quiero transmitir a mis hijos mis tontos prejuicios, pero supongo que tantos años de educación represiva pesan mucho, y me cuesta una enormidad desnudarme con naturalidad delante de otras personas, aparte de mi familia, claro está. ¿Quién sabe? Quizás algún día lo consiga.
Muchos besos para todos.
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